* NUESTRO ENTORNO

* LA LEYENDA: La princesa de la miel

- LA PRINCESA DE LA MIEL -

  

Traducida y adaptada para ARCE 2009-2010

 

Había una vez tres hermanos muy avispados, que eran muy pobres. Viendo que en el pueblo no había manera de mantenerse, determinaron irse a probar fortuna.

Se marcharon los tres por un camino, y cuando hacía tiempo que andaban, vieron una guarida de hormigas. El hermano mayor y el mediano, instintivamente, cogieron un puñado de tierra del suelo y se pusieron al pie del hormiguero a ver cómo lo tenían que hacer para taparlo. El más pequeño se opuso y, así como pudo, se los llevó, diciéndoles que no podían hacer daño a aquellos pobres bichos que no les habían hecho ningún mal.

  

Al cabo de un rato de caminar, pasan por la orilla de un estanque en el que nadaban unas ocas. Los dos chicos más mayores, ver las ocas y coger una piedra para tirársela, todo fue uno, pero el pequeño se lo quitó de la cabeza y siguieron su viaje.

  

Al cabo de unos cuantos días de caminar, ven que de un árbol colgaba un hermoso enjambre de abejas. Así que lo ven los dos chicos más mayores con igual instinto trataron de prenderle fuego, pero también fue el pequeño el que los convenció que no debían parar hacer mal a nadie.
En todo eso iban andando, y cuando parecía que no iban a encontrar nunca el fin de su viaje, ven un castillo muy grande que les tapaba todo el camino.

  

Llegan, llaman en la puerta y comparece una mujer muy vieja o mal vestida a abrirlos. Le piden acogimiento para pasar la noche, y la vieja los hace entrar y les arregla la cena.

  

Al día siguiente por la mañana, cuando se levantaron, aparece la vieja, y les dice:


– Mirad: habéis venido a parar
 a un castillo, en el cual hay tres princesas encantadas, y aquellos que les saquen del encantamiento se podrán casar con ellas.

Contentos los jóvenes caminantes, dijeron a la vieja, por boca del mayor, que les dijera lo que había que hacer para desencantar a las princesas, que los tres estaban dispuestos a hacerlo.


La vieja les dio por respuesta:

-Tenéis que salir bien de tres pruebas que os diré, uno detrás del otro.


Al día siguiente llama al mayor y le dice que la siguiera. Lo lleva a un jardín donde había un letrero que decía:

“Quien quiera desencantar a las princesas, tiene que ir al bosque del palacio y recoger mil piedras que son las que entran en el collar de la princesa y se casara con ella, pero si no encontrara las mil piedras, quedará convertido en una estatua de mármol como tantas otras que hay en el jardín”.

 

Salió el hermano mayor hacia el bosque del palacio, y de la mañana hasta la noche no pudo recoger más que cincuenta.

 

Llega al palacio todo mustio y cuando la vieja le preguntó cuántas piedras llevaba, no pudo enseñar más que cincuenta.

 

La vieja no dijo nada, pero sacándose una varita, lo toca en la cabeza y lo convierte en una estatua de mármol.

 

Al día siguiente fue puesto a prueba el hermano segundo, e igualmente que el primero, fue a leer el letrero del jardín, en el que se decía que aquél que encontrara las mil piedras preciosas de que estaba compuesto el collar de la princesa, que se casaría al desencantarla, pero que quien no las encontrara todas, quedaría convertido en estatua.

 

Se marchó el segundo hermano hacia el bosque del castillo y, después de buscar piedras preciosas, volvió a la noche llevando quinientas, de las mil que entraban al collar de la princesa. Igualmente que su hermano mayor, fue convertido en estatua por la vieja guardiana.

 

Toca el turno al hermano pequeño y lo mismo que los otros hermanos fue llevado al primer jardín, a fin de que leyera la manera cómo podía obtener el desencantamiento de la princesa, con la cual podría casarse. El pobre chico sale hacia el bosque con el corazón oprimido, pensando el fin que le esperaba, como a los otros dos hermanos, pero ninguna buena acción queda nunca sin su recompensa.

 

Mientras estaba llorando con desconsuelo, llega a toda prisa el rey de las hormigas, de aquel hormiguero que habían encontrado por el camino los tres hermanos.

 

– Por qué qué lloras, chico? - le pregunta.

– De qué queréis que llore, sino de mi desventura! Figuraos que tengo que buscar mil piedras preciosas que entran en el collar de una princesa, o si no me convertirán en una estatua.

– Pues mira, yo te sacaré del compromiso.

 

Llama a sus súbditos, comparecen a miles, y al cabo de buen poco rato el chico tenía en su poder las mil piedras del collar de la princesa.

 

Esta recompensa obtuvo de no haber permitido que sus hermanos inquietaran a las hormigas de aquel hormiguero que encontraron por el camino.

 

Fue hacia el palacio y encontró a la vieja que lo esperaba:

-- ¿A ver cuántas piedras preciosas llevas? -le pide.

– ¡Usted misma lo podrá ver! ¡Tenga! - y le presenta todo el puñado.

Las cuenta la vieja y, justo, en punto, había mil. Se puso muy contenta y dijo al muchacho:

– ¡Muy bien!, muy bien! A ver si te sabrás salir de las otras pruebas que te pondré. Mira, como segunda prueba, tienes que ir al jardín y verás un estanque, dentro de aquel estanque cayó un día una llave que nos hace falta para el desencantamiento de la princesa.

 

El pobre muchacho no dijo nada, pero se fue todo entristecido hacia el jardín. Se encomendaba al cielo de todo corazón, a fin de que recibiera una luz de inspiración y, hecha su plegaria, se puso al pie del estanque, mirando por aquí y por allí, para ver si entreveía la llave perdida, en el fondo, y estando con esas, le aparece el pato, aquel mismo pato al cual por bondad de su corazón evitó que sus hermanos jugaran una mala pasada. Se le pone delante, y le pregunta por qué estaba triste.

 

Lo cuenta todo, y el pato responde:

– Como soy agradecido, yo te daré la llave perdida dentro del estanque. Así te recompensaré de la buena acción que hiciste en favor mío, evitando que tus hermanos me maltrataran.
Y diciendo eso, se tira al estanque, se zambulle y sale al cabo de poco con la llave colgada en el pico.

Contento el hermano menor, se va al encuentro de la vieja, que ya lo esperaba, y se puso muy contenta.

– A ver -le dijo- si ahora te libras de la tercera prueba, y todo irá como una seda. Mira te pondrás delante de tres estatuas que son las princesas encantadas. Todas irán tapadas con un velo, de tal manera que no se les verá más que la boca. Pues bien, sólo mirando a la una y a la otra, tienes que conocer cuál de las tres princesas comió miel un día.

– De ésta sí que no salgo - se dijo el chico, y tan ensimismado estaba, que no se dio cuenta que la vieja había desaparecido.

Pero, duró poco el descuido porque acto seguido se le presenta la reina de las abejas, la reina de aquella colmena que querían quemar sus hermanos y que él no lo permitió, y preguntándole por qué estaba tan triste, cuando el muchacho se lo dijo, contestó la reina de las abejas:

– Yo haré por ti lo que tú hiciste por las abejas. Mira bien donde me pondré, y la princesa que esté debajo mío, aquella será la que un día comió miel.

Nada más había tenido esta charla con la reina de las abejas, la vieja guardiana del castillo llama al chico desde una sala contigua, y le dice:

- Entra, ya puedes entrar, y encontrarás las tres princesas encantadas, a punto de desencantar.

El muchacho entró muy valeroso y ve tres chicas tapadas de cata con un velo, de manera que no se les veía más que la boca. Las mira las tres para hacer el papelote, pero ve que la reina de las abejas volaba encima de la cabeza de una de las princesas, y dice muy resuelto:

– Ésta!, ésta es la princesa que un día comió miel.

– Lo has adivinado! -dijo la interesada, y en aquel mismo momento tira el velo que le tapaba la cara y quedó al descubierto el rostro de la vieja guardiana del castillo, pero una vez se hubo sacado el velo y los harapos que le cubrían el cuerpo, aquella cara vieja y arrugada se volvió una cara joven y resplandeciente, y los vestidos pobres que llevaba, unos trajes de seda que deslumbraban al mirar.

La varita que siempre llevaba en la mano se convirtió en un cetro de oro, y tocando con la punta del cetro a las otras princesas, les cayeron las ropas pobres que las cubrían, y aparecieron con una cara tan bonita como la de ella misma.

Una vez fueron desencantadas las tres princesas, la más guapa de todas tocó las palmas y todo lo que había en el castillo se desencantó, aquellas estatuas de mármol se convirtieron en jóvenes y todo el castillo se cubrió de flores y de cánticos de pájaros.

El más pequeño de los tres hermanos se casó con la princesa que era la señora del castillo, y los otros dos se casaron con las otras dos y se fueron a otros castillos.

Y todos vivieron felices muchos años

catacroc,catacric

cuento contado

cuento acabado.

 

 

 

                                                       Adaptación y traducción: ARCE 2009 - 2010

                Contada per Josep Maria Serra i Forné, de Bellpuig